viernes, 13 de agosto de 2010

Regrets

Cuando uno se arrepiente, normalmente se arrepiente más de lo que no hizo que de lo que sí.
En lo personal, yo no me arrepiento de nada de lo que he hecho (más que de lo llamado "lo que nunca existió...", pero eso es otra historia). Pero siempre que pienso en lo que no hice, se siente raro. No sé por qué, pero me dieron ganas de hacer una lista de lo que tenía ganas y nunca hice contigo (tú, persona a quien este escrito no va dirigido y que espero que nunca lo leas)
Ahora que ya no estás, creo que se quedará en mi imaginación. Por cierto, la mayoría de las cosas son imposibles pero me vale madres, igual es lo que quería hacer contigo.

1. Viajar en globo aerostático. Con comida y todo, sobre campos verdes.

2. Ir al Caribe. Dondequiera que eso se encuentre. Y ya estando allá, ¿por qué no? Subirnos a un buque al estilo García Márquez

3. Inscribirnos en un concurso de cortometraje (ahora sí) y ganar

4. Ir a cenar al restaurante "bésame mucho" (el del director de la escuela de Vato) o al que está por la catedral que es carísimo. Claro, tú de traje, yo de vestido de noche, y bailar danzón o lo que sea que bailen las personas nice en las cenas elegantes.

5. Ir a Zacarías a escuchar a Memo tocar.

6. Tocar juntos en una banda.

7. Claro, si hacemos eso, actuar juntos en una obra.

8. Empaparnos en la lluvia y brincar charcos.

9. Escapar a Pátzcuaro sin avisarle a mi madre.

10. Regresar a Zirahuén.

11. Ver quisiera ser millonario y Voces inocentes

12. Un fin de semana en Atlihuetzia, Tlaxcala

13. Ir al museo de tortura en Halloween. Disfrazados.

Y muchas otras cosas que ahora no me acuerdo pero que conforme las recuerde iré poniendo en este post. ¿Para qué? Sin utilidad específica, o por puro masoquismo tal vez. Lo que sí es que no importa que pase, igual me la pasé de maravilla contigo y siempre estarás en mi corazón (puaj! que tremendamente cursi y cliché sonó eso! Pero soy una chica de clichés, así que whatever)


-----------------Love just is---------------------------

jueves, 5 de agosto de 2010

Ganas de ti

Hoy traías una playera negra, y encima una camisa de rayitas. Al bajar, cada paso fue amplificado en mis oídos y la brisa de tu aroma impregnó el aire como si hubiera habido una explosión. Te sentaste en el sofá de enfrente y por más que te miraba embelesada, tus ojos se perdieron en algún punto del techo. Durante unos segundos, mientras a lo lejos estaba el murmullo de mi conversación con César y las constantes interrupciones de tu hermano, tuve tiempo de analizar cada rasgo y cada detalle de tu cara.
Tu cabello, alborotado, no muy abundante, en chinos negros que enmarcan tu rostro. Tu piel, de ese color indescriptible "caucásico". Blanco por definición, yo no he encontrado palabras para decirlo. Tus ojos cafés, tremendamente expresivos, de una dulzura radiante y de una severidad inverosímil, que lo mismo pueden provocarme pánico y tensión que ganas irrevocables de lanzarme a tus brazos y pedirte que estés conmigo el resto de la vida.
Por último, tus mejillas. No sé por qué, pero es mi parte favorita. Se colorean con demasiada facilidad, y son tan redondas cuando sonríes. Porque no importa cuán viejo te hagas, o todas las heridas que pudieran desgastarte con el paso de las experiencias, tus mejillas siempre serán las de un niño.

-Es por eso que Darth Vader es el mismo que Anakin...
-¿Qué? ¿De qué hablamos?

Dejé de mirarte como hipnotizada para ver todo el diagrama de Star Wars que César había dibujado en el pizarrón.

-Que Darth Vader es Anakin, eso explica el por qué es el padre de Luke Skywalker...
-Ay César, creo que acabas de spoilearme Star Wars...

Sonreí y seguí bromeando con César y tu pequeño hermano, sólo para observarte de reojo de vez en cuando. Iba a escribir que prometo no mirarte tanto, pero para qué hacer promesas incumplibles.

martes, 8 de junio de 2010

Miedo

Hoy me enteré de cosas. Me enteré de varios de mis compañeros que no van a estudiar lo que habían dicho. Y está bien. Digo, sus razones han de tener y yo no puedo saberlas. Pero me sacó de onda el hecho de que yo siempre los vi como personas que llegarían lejos en lo que se habían propuesto, y no descarto el hecho de que lleguen lejos en la nueva opción, sino que simplemente me causó extrañeza.

De repente me planteé la opción de que hubieran desistido por miedo. "Poco a poco todos se van rajando... y he visto que es cierto" fue lo que me dijo la persona que me platicaba de estos nuevos cambios de opinión de ciertos compañeros. A decir verdad, me dio muchísima tristeza el pensar que el miedo haya podido ser una de sus motivaciones.

En lo personal, el miedo es una emoción con la que convivo diariamente. Para los que no me conocen (Por favor Caty, nadie lee este blog) le tengo miedo a desde tonterías como cruzar la calle hasta ser secuestrada o que mi vida sea un desastre. Suelo ponerme muy nerviosa seguido porque cualquiera de mis temores puede hacerse realidad, pero a decir verdad, hasta ahorita ninguno lo ha hecho. Y bueno, nunca está demás tener precauciones, pero ¿qué pasa cuando el miedo ya no te permite vivir?

Confieso que eso ha estado a punto de sucederme en varias ocasiones. No me maquillo cuando voy de viaje porque si asaltan el autobús no quiero llamar la atención de los delincuentes. No me inscribí a un concurso de piano porque iba contra profesionistas del conservatorio que me harían quedar terriblemente en ridículo. No apliqué para las universidades de mis sueños porque cobraban 100 dólares por aplicar y de cualquier manera era muy difícil que me aceptaran, y aún más que me dieran beca. No digo lo que siento por temor a que me desprecien y mejor no hablar que decir y no ser escuchada. Y casi me voy a medicina.

Psiquiatría, de hecho. Es una muy buena carrera, y me gusta en realidad. Me fascinan los misterios de la mente, me agradaría estudiar más a fondo las enfermedades mentales porque al menos ahora yo las veo como puertas hacia otros mundos. La esquizofrenia por ejemplo, la veo como una ventana hacia otra dimensión, una parte del poder mental que esa persona tiene desarrollada y que por no poder comprenderlo lo tachamos de enfermo mental. Pero no sé prácticamente nada sobre la esquizofrenia y sólo estudiando más a fondo podré afirmar o refutar mis teorías.

El punto aquí es que más allá de mi fascinación por la mente humana, que siempre he tenido y siempre tendré, la razón por la que pensé en psiquiatría fue el miedo. Después de todo, como médico psiquiatra tendría que trabajar en una institución con sueldo fijo. Bueno y seguro. Podría ser que no fuera así, pero bueno, creo al menos que con mi facilidad para las cuestiones académicas podría ser aceptada en una buena escuela y lograr un buen resultado de mis estudios.

Si estudio animación, en cambio, surgen las dudas. ¿Me dejará suficiente para vivir? ¿Conseguiré trabajo fácilmente? ¿Podré sobresalir? El arte no es cuestión de estudiar y matarse. Es ser o no ser. No hay artistas mediocres con sueldos promedios. Si lo haces bien se vende, si no, pues no. Y para alguien así de insegura como lo soy yo, es difícil que cada vez que le digo a la gente qué pienso estudiar escuche comentarios como "Ay mija... ¿Y estás segura que no te mueres de hambre?"

Pero ahora puedo decir que no, no estoy segura, pero si estoy segura de lo que quiero hacer. "Si te vas a arriesgar, arriesgate bien. Porque si lo haces con miedo, entonces ni en una ni en otra vas a hacer nada", me dijo el mismo amigo con el que platicaba. Siempre es más fácil ver las cosas en otros que en ti. Cuando me enteré de lo que les decía al principio de este escrito dije "No que mal. Si Fulanito realmente era bueno en x. Él si la hubiera hecho". Entonces pensé que por qué no podía aplicar eso también a mi. Yo tengo miedo de no ser buena artista. Tengo miedo de que todo salga mal. Tengo miedo de haber tomado una mala decisión. Pero ¡Maldita sea! me encanta el arte y no quiero cargar con "Caty realmente era buena para la animación. Tal vez ella si la hubiera hecho"

Así que estudio animación, y la voy a estudiar bien, dando todo lo mejor de mí. Tal vez no empiece a dejar abiertas todas las puertas de mi casa en la noche, pero es tiempo de ir a donde quiera aunque esté del otro lado de la calle.

martes, 1 de junio de 2010

Bad dreams

Ese viento inexistente que levanta la arena
Trae consigo la cura de mi asfixia
Llena de espejismos el vacío de tu ausencia
Y el dulce amargor de la fantasía

Intento llenar de falsedades mi melancolía
Quiero que me mienta mi vana poesía
Grito y tiro la vida por la borda
Para nunca decir nada

Me pregunto porque escribo
Si nunca me agrada lo escrito
Me pregunto si es por liberarte
O más bien para retenerte en el papel

Tienes unos ojos como no había visto
Son color de fogata calmada
Atraviesan hasta la mirada más profunda
Al tiempo que son como una fuente al medio día

Ese viento inexistente que no es sino artefacto del humano
Fábrica de lágrimas en la virtud
Palabras que han nacido del lago enternecido

Ese viento inexistente que seca el maíz
El perfume y las esmeraldas
Tiene el mismo matiz que la falta de luna en octubre.

------------------Go home darling, to the land of dreams. Only be sure to have your dreamcatcher near------------------------

lunes, 31 de mayo de 2010

Maíz con sal


Amelia tenía lágrimas de maíz. Así que después de llorar, juntaba todas sus lágrimas en una olla y preparaba palomitas.
Un día lloró tanto que al día siguiente abrió en su casa la proyección de una película y vendió las palomitas. Hizo tantas y fue tanto su éxito que no sólo le alcanzó para pagar la renta del proyector, sino que además se pudo financiar una semana en el Caribe.
Pero aquel viaje no hizo sino enriquecer su nostalgia al recordar promesas del pasado, y la gente se sorprendía de encontrar granos de maíz rodando por la cubierta. Mientras miraba al océano en sus tardes de calma, Amelia se perdió en el sol que bajaba por el horizonte. Decidió entonces que si el amor que ella sentía era tan grande, debía buscar hasta el infinito la manera de revivirlo. Luego de que pasó la semana y regresó al pueblo, lo primero que hizo fue tocar a la puerta de Álvaro Cárdenas.
Sin embargo, contrario a las escenas de su imaginación, donde él abría la puerta para decirle cuanto había esperado aquél momento y la tomaba entre sus brazos; Álvaro se sorprendió de verla y de la forma más educada que pudo, le explicó que no tenía nada que hacer ahí y volvió a cerrar la puerta. Durante 6 días con sus noches, Amelia lloró sola en su habitación. Al séptimo día estaba a punto de volver a hacerlo cuando su familia le dijo que ya todos estaban hartos de comer palomitas, que luego de tanto les habían creado indigestión. La muchacha, en vez de tomarlo como un incentivo para olvidar, pensó que el problema eran sus lágrimas anormales y fue a visitar al médico en busca de una solución.
El médico, que se pavoneaba con sus diplomas de Francia y Bélgica en materias de medicina, le recetó un menjunje con sabor a lechuga con naranja. Amelia se lo tomó al pie de la letra, una taza cada seis horas durante 14 días. Y como si el destino quisiera que probara la eficacia del remedio, ese día al salir a la calle vio en la plaza a Álvaro Cárdenas nada más y nada menos que acompañado de Acacia, la que un día había sido amiga de Amelia. La chica aguantó recta y digna mientras los otros dos se paseaban por la plaza, absortos en abrazos y cursilerías. Pero al llegar a su casa, comenzó a llorar esta vez perfume de gardenias. Así que cesó pronto su llanto y se puso contenta no sólo de que hubiera funcionado, sino de que el perfume le parecía mejor que los granos de maíz.
Luego de un tiempo, Amelia había logrado olvidarse por completo del incidente con Álvaro Cárdenas e incluso lo saludaba con alegría al encontrárselo en el mercado. Sus días estaban llenos de trabajo en la cocina familiar, de sueños respecto a lo que esperaba sería su futuro en biología y de lloriqueos de sus hermanos menores. Pero a medida que pasaba el tiempo, su sensación de soledad iba en aumento y aunque no lo aceptara, tenía ganas de volver a tener a un hombre a su lado. Y así, fue una tarde de abril que llegó Javier Villagómez.
Era una tarde difícil. No cesaba de llover, y la cocina económica estaba llena. Amelia iba de aquí para allá atendiendo a los clientes, dándoles su pedido, cobrando las cuentas y limpiando mesas. El más pequeño de sus hermanos lloraba y la jalaba de su falda pidiendo atención. Su madre, al mismo tiempo, le pedía que la ayudara a meter la ropa que se estaba mojando. Los clientes alzaban las manos y le hablaban todos al mismo tiempo. Fue tanto el estrés que Amelia empezó a confundir los platillos y a darle caldo al que había pedido tampiqueña y la tampiqueña al que había pedido caldo.
El acabose de la situación fue cuando un cliente se acercaba para reclamar y sin fijarse, Amelia le tiró la sopa encima. El señor se enfureció e instantáneamente comenzó a gritar improperios contra la mesera y el restaurante en general. El padre de Amelia llegó presto a arreglar la situación y mandó a su hija a descansar, no sin antes dirigirle una mirada que más que enojo contenía decepción. Sin poder evitarlo, Amelia se sentó afuera de su casa en la banqueta y comenzó a llorar. Sin que se diera cuenta, alguien estaba sentado a su lado. Javier Villagómez se presentó y se disculpó por la actitud de su padre en el restaurante. Comenzó a aspirar y se preguntó de dónde provenía aquél perfume tan maravilloso.
-Son mis lágrimas- dijo Amelia- es un mal de nacimiento...
Pero Javier Villagómez no la dejó explicarse, estaba tan maravillado con aquella joven que en vez de llorar producía perfume de gardenias que inmediatamente la invitó a salir.
Desde ese día y durante poco más de un año, Amelia y Javier fueron muy felices juntos. Les gustaba pasear por la plaza, ir a las funciones de cine y escuchar los conciertos del domingo.
Pero ocurrió que luego de acabarse la cartelera, ir a conciertos todos los domingos y pasear por la plaza hasta conocer cada detalle de la cantera con que estaba construida, la rutina empezó a hacer su aparición en la relación. Amelia empezó a notar que Javier estaba cada vez más distante y que ya no le decía que la quería con la misma frecuencia. Y peor aún, ella empezó a notarse a sí misma aburrida y con ganas de novedad. Un domingo, después de regresar del concierto de las 6, sintió ganas incontenibles de besar a un desconocido.
El mesero sin nombre de la boda de su prima segunda sirvió perfectamente para tal propósito al siguiente día. Después de un rato de jugar a las miradas, él se metió en la cocina para servir más café, y cerciorándose de que nadie le prestaba atención, Amelia entró tras él y tomando su cara desprevenida entre las manos, besó apasionadamente al muchacho. Durante un rato, siguieron en aquél idilio sin palabras hasta que el sonido de un globo al tronarse interrumpió el ensimismamiento de Amelia, que sólo estaba imaginando cosas sentada a la mesa con sus familiares.
-¡Oh pero qué ternura!- exclamó Hortensia- tan enamorada estás de Javier que te quedas ida pensando en él
Amelia bajó la mirada con un soplo de culpa. Como siempre, las voces de su conciencia estaban gritándose las unas a las otras sin conseguir llegar a un acuerdo. Terminó pensando en el mesero. Lo volteó a ver con lo que ella creía una mirada discreta y casual, pero se sorprendió no sólo al ver que se había dado cuenta, sino que le contestaba con una sonrisa. Volvió a bajar la mirada e incluso abrió el libro que llevaba para evitar seguir pensando. El ambiente era en general bullicioso, todos bailaban al son de las cumbias y parecían divertirse como adolescentes. Amelia, que realmente era una adolescente, era la única que se quedó en su lugar toda la tarde, si no leyendo, pensando, o la segunda mientras fingía la primera.
-¿Quieres refresco? ¿O un café? ¿O te apetece más decirme tu nombre?
La voz de aquél desconocido hizo que sintiera un escalofrío en la columna. Era exactamente lo que había estado esperando. Su voz era aguda, seguramente molesta después de oírla por largo rato. Al tenerlo de cerca pudo analizar sus facciones corrientes, el cabello engomado, la piel oscura como la tierra. Nada que lo distinguiera del montón y fue exactamente eso lo que le agradaba a la chica. Negó con la cabeza y le sonrió de nuevo. El mesero, poniendo en peligro la propiedad, se acercó para decirle su nombre.
-Si no quieres decirme quién eres, te diré que yo me llamo...
-No, no quiero saber tu nombre- Fue todo lo que dijo Amelia y todo lo que conversaron ese día
Al salir de la boda sin mayores sucesos que la monumental caída de la prima Norberta mientras bailaba la quebradita, Amelia volvió a hundir su cabeza en el libro. Su estupefacción fue grande al descubrir una nota con un número de 10 dígitos. "Para que me llames, o me mandes un mensaje si prefieres" decía. Amelia miró la nota largo rato, pensando en lo incorrecto de la situación. Tenía ganas incontrolables de llamar a Javier, para besarlo y guardarle el sentimiento tan intenso que no tenía para ningún otro. Tenía también ganas incontrolables de llamar al mesero sin nombre, para besarlo y no guardarle sentimiento alguno.
A la semana siguiente, Amelia se sentía tan culpable de siquiera haber pensado en alguien más que intentó revivir su relación con Javier. Le propuso que salieran a bailar el viernes por la noche, le tejió una bufanda e incluso le cantó una canción. Pero se dio cuenta de que Javier respondía a todo esto con la misma frialdad con que lo hubiera hecho a una clase de matemáticas.
Ese domingo, mientras esperaba la llegada de su novio para ir al concierto habitual, Amelia pensó en el mesero. Pensó en quemar la nota para no saber su número y así evitarse tentaciones. Pero una hora después de pensar, se dio cuenta de que seguía esperando y Javier no llegaba. Era la primera vez que no iban al concierto del domingo, y era la primera vez también que la dejaban plantada. Sin pensárselo dos veces tomó el teléfono y una voz aguda y corriente le correspondió del otro lado.
El mesero se llamaba Dionisio Vázquez. Amelia accedió a verlo la semana siguiente, más por despecho que por ganas. Pero luego de tomar café y pasear un poco por el bosque, se dio cuenta de que le agradaba su compañía.
Luego de dos salidas, Amelia entró en conciencia de que lo que hacía estaba mal. Analizó las cosas cuidadosamente. El cariño que le había tomado a Dionisio Vázquez no era ni de cerca el que sentía por Javier Villagómez. Sin embargo, le agradaba salir con Dionisio y que la hiciera sentir querida. Pensó y pensó en que debía decidirse por alguno de los dos. Pero esa decisión se fue alargando y alargando al punto en que cuando se dio cuenta, llevaba ya más de tres meses engañándolos a ambos.
Así que tomó la determinación necesaria y decidió que era mejor quedarse con Javier, pues al fin y al cabo habían pasado muchas cosas juntos, que no valía la pena perder por un amor pasajero. Ese día, había quedado de salir con Dionisio Vázquez al bosque, y en medio de los árboles, Amelia le confesó la existencia de alguien más. Dionisio la abrazó y dejó que llorara en su hombro. Le dijo que la entendía, pero que no esperara volverlo a ver jamás porque realmente había lastimado su corazón. Amelia se sintió culpable, pero aliviada de haber terminado con aquella situación al fin.
Sin embargo, esa noche Dionisio Vázquez fue a la cantina del pueblo a beber a la salud de Amelia. En la barra se encontró con alguien llamado Javier Villagómez, que estaba ahí por mera casualidad. A falta de alguien más, Dionisio le contó de como una mujer acababa de abandonarlo por alguien más. Javier reconoció el perfume de gardenias en su ropa e hilando los hechos, se dio cuenta de que había sido engañado.
Al día siguiente, Javier Villagómez terminó con Amelia. Ella intentó pedirle perdón e impedir su partida, pero sus lágrimas no hicieron sino confirmar el dolor de Javier Villagómez. Desconsolada, Amelia lloró toda la tarde provocando en su casa un ambiente soporífero a causa del exceso de perfume. Una vez más, Amelia maldijo su condición y le echó la culpa a sus lágrimas de haber arruinado su felicidad. Así que una vez más fue a visitar a aquel médico francés, quien le dio a beber una poción esta vez con sabor a pimienta y chicharrón.
Aunque le costó más trabajo, Amelia se tomó la medicina sin falta cada 16 horas durante 25 días. Al final, fue una caída la que le hizo darse cuenta de que había funcionado y ya no era perfume de gardenias sino esmeraldas lo que salía de sus ojos en lugar de lágrimas. Por fin, luego de superar sus decepciones amorosas, Amelia juró un 14 de enero no volverse a enamorar en su vida. Pero más pronto cae un hablador que un cojo, cuando Carlos Escobar llegó a su vida.
Era un muchacho un tanto presumido, había crecido en una familia de alcurnia. Su familia había perdido todo su dinero en un negocio fallido, pero él seguía acostumbrado a gastar demasiado. Eso sí, era tan guapo que no había muchacha que se resistiera. Esto último incluyó a Amelia.
Empezaron a salir a principios de marzo, y si bien no era la persona más interesante sobre el planeta, Amelia sentía latir su corazón frenéticamente cada vez que lo veía. Pero ocurre que con el paso del tiempo, otra muchacha pasó a los ojos de Carlos y éste se decidió por dejar a Amelia. Estaban ambos sentados en el café cuando él le confesó la razón de su encuentro, y al sentir su corazón romperse, Amelia cerró los ojos y empezó a llorar esmeraldas. Carlos Escobar la miró asombrado y volteó hacia todos lados para asegurarse de que nadie más se había dado cuenta de lo que estaba pasando. Abrazó a su novia y la sacó de la tienda para hablar mejor.
Luego de hacerle muchas preguntas, Amelia le explicó lo del mal genético que por alguna extraña razón hacía que sus lágrimas fueran esmeraldas. Carlos la miró con fascinación y no sólo le pidió perdón por haber tratado de dejarla, sino que en ese momento le propuso matrimonio.
Así que apenas dos semanas después se celebró la boda con todas las tradiciones del pueblo y Amelia lloró un par de esmeraldas de felicidad, mismas que su esposo recogió en una bolsa de celofán sin perder el tiempo.
La luna de miel fue al norte del país puesto que Amelia se rehusó a que fuera en el Caribe, y al cabo de unas semanas la esposa era tan feliz que no hubiera podido verse persona más alegre en el planeta. Sin embargo, Carlos se veía cada día más nervioso. Le compraba a su esposa películas de drama, la ponía a picar cebolla y le llevaba comida muy picosa para comer. Pero al no lograr que llorara, un día le pidió directamente que lo hiciera.
-No seas tonto- dijo Amelia riéndose- no puedo llorar a voluntad...
De pronto, Amelia vio como la furia crecía en la cara de Carlos Escobar y retrocedió con miedo. Carlos empezó a gritarle como nunca nadie lo había hecho, y Amelia se quedó petrificada en la esquina de la habitación. Entonces comenzó a llorar. Estaba tan asustada, tan triste e indignada que llenó un par de costales de esmeraldas.
Apenas un par de semanas después, Carlos abrió la "Joyería Escobar" en el centro de la ciudad.
Personas de todo el mundo venían a comprar sus exclusivas esmeraldas, y pronto el negocio creció tanto que hubo que abrir sucursales no sólo en el pueblo sino en todo el país. Cuando la joyería hubo prosperado, Carlos abrió otros negocios como una cadena de comida rápida, una marca de ropa, venta de automóviles y una empresa de telefonía celular. Al cabo de unos años el matrimonio Escobar pudo comprarse una mansión a la orilla del mar, ropa de marca, coches exclusivos y todo lo material que uno pueda soñar. Estaban tan bien económicamente que Carlos desistió de maltratar a su esposa para obtener esmeraldas y hasta empezó a tratarla bien en un intento algo patético de agradecerle su fortuna.
Sin embargo, Amelia lo tomó como un renacimiento del amor. Creyó que el cambio de actitud de Carlos se debía a un re-enamoramiento más que a una reacción de auto-redención. Así que se arregló más que de costumbre y lo esperó en el comedor, vestida de rojo y con la mesa alumbrada con velas. Al llegar, su esposo se asombró de lo que veía. Ella lo abrazó y empezó a hablarle de amor, de cómo a pesar de los años el suyo seguía intacto y le contó todos los planes a futuro que tenía, los cuáles incluían claro está, el envejecer juntos.
Carlos Escobar se puso pálido al escuchar la palabra envejecer, y más aún al pensar en envejecer al lado de Amelia. Se retiró de entre sus brazos y le explicó, no de la manera más cuidadosa, que el único amor que había habido era el de Carlos por las esmeraldas. Amelia se quedó helada al escuchar la verdad que ya sabía y sintió como las piedrecitas verdes se acumulaban en sus lagrimales. Pero se aguantó con tal de no darle más piedras preciosas a su marido y salió corriendo de la casa maldiciendo su vida, su ingenuidad y sobre todo maldiciendo sus lágrimas. Era ya muy noche cuando tocó a la puerta del médico francés, sólo para que le abriera una muchacha en bata y le informara que hacía ya un par de años que el médico había muerto. Desesperada, entró por la fuerza en lo que algún día había sido el consultorio del médico y comenzó a tomarse cuanta pastilla encontraba a su paso, regando esmeraldas por el piso y por el escritorio. Finalmente, una de las píldoras detuvo las esmeraldas y una gota de agua salada resbaló por sus mejillas llegando hasta su boca. Al final de todo había logrado tener lágrimas normales. Pero el sabor a sal se le hizo tan nauseabundo que Amelia cesó de llorar, desde ese día para siempre.


martes, 18 de mayo de 2010

No... pero espera! sí

No puedo siquiera escribirte.
Es el colapso de las fuerzas contrarias. Siempre gana una, en tu caso, son igual de fuertes.

lunes, 26 de abril de 2010

Una última postdata

Supongo que nunca sabrás el daño que causaste, vivirás siempre en la ignoracia. Bien dice Oscar Wilde que la superficialidad es el mayor defecto de la humanidad, y tú ciertamente la emanas a cada paso que das. Ahora miras el mundo por encima de tus ojos, escudriñas cada falta de mi ser con repugnancia. ¿Te imaginas que en mi alma hay más luz y pureza de la que jamás podrás oir hablar?
Por ti pude olvidar de dónde había venido y hacia dónde iba. Sólo existía el presente, tu costado, mi realidad. Me alegro de pensar que al menos pude ser por un momento mártir. Porque se diga lo que se diga, ser mártir es algo que las personas disfrutan. Es el consuelo, no por ello menos válido, más insignificante y ridículo que existe. El conocimiento de la sinceridad de mis sentimientos me hace parecer la buena de la historia, comparada contigo.
Pues si bien no intento compararme con aquél que es maestro, con aquél que merece los elogios y lisonjas de eruditos; me atrevo a afirmar que pareciera que sus libros fueron todos escritos de mí para ti.
No podría reclamar la pérdida de mi esencia artística. Si bien tu partida ha traído con ella caída irremediable, bloqueo musical absoluto; debo confesar que ese tiempo contigo me hizo escribir como nunca antes lo había hecho. Uno a uno manaron de la tinta la música y la poesía, la prosa y el arte gráfico. Uno a uno, eran todos destinados a tu persona, centrando mis creaciones en tan espantosa obra de la naturaleza.
Y todas tenían el fin único de agradarte. Algunas ni siquiera vieron salir la luz, a pesar de no ser para nada despreciables, simplemente por el temor de colmarte de miel al punto de provocar tu huída. Y huiste de cualquier manera. No pude evitar que te fueras por más que eliminé todas las razones. Y la razón por la que te fuiste fue la más sencilla y la única que era inevitable: ausencia de sentimientos.
Tengo consideración de que es imposible que conozcas las dimensiones del abismo por el que me hiciste caer. No espero que hayas derramado ni una sola lágrima, mientras que yo pude haber llenado el océano índico. Tampoco quiero que entiendas cómo me sentí, porque para entenderlo tendrías que vivirlo, y a pesar de todo no te deseo una cicatriz en el corazón.
Puedo decir que ello no es tu culpa. Uno no gobierna sobre el alma, sino que es el alma la que maneja todas nuestras acciones y pensamientos. Pero lo que hiciste a continuación de tu partida no tiene palabras para ser expresado. Fue el momento cúspide de mi derrota, y fue también lo que demostró tu superficialidad.
No puedo despojarte de tus cualidades porque estaría mientiendo. Tienes todos los recursos para llegar lejos e incluso para dejar una huella en el pensamiento colectivo. Pero ello no borrará jamás tu falta de bondad y honestidad. Ello no cambiará los hechos, ni te hará menos superficial. Espero que algún día te mires y comprendas que hay cosas más allá de lo que ves. Espero que llegues a darte cuenta antes, o que más da si después, pero que vislumbres que el alma, y con ella sus fragilidades, es la que nos hace humanos.
Pasaste por encima de mi espíritu y del polvo que hiciste de mis sentimientos. Burlaste mis palabras cultistas que buscaban confesar un amor puro e incondicional. Y a pesar de lo que mis imaginaciones puedan sugerir, aquellas que te pintan sufriendo en las llamas de la hoguera y que debo aceptar que me deleita, mi deber es otorgarte el perdón como lo daría a cualquiera que me lo pidiese, lo callase o me lo negase.
Toma por olvidado todo cuanto me causaste, pero espero que al salir por esa puerta, al finalizar la ceremonia, no vuelva yo a saber nada de ti.





-----------------------Y ahora con todo el debido respeto, te invito a que concurras a infortunar a tu progenitora--------------------------------------------------------------------------------