Cuando uno se arrepiente, normalmente se arrepiente más de lo que no hizo que de lo que sí.
En lo personal, yo no me arrepiento de nada de lo que he hecho (más que de lo llamado "lo que nunca existió...", pero eso es otra historia). Pero siempre que pienso en lo que no hice, se siente raro. No sé por qué, pero me dieron ganas de hacer una lista de lo que tenía ganas y nunca hice contigo (tú, persona a quien este escrito no va dirigido y que espero que nunca lo leas)
Ahora que ya no estás, creo que se quedará en mi imaginación. Por cierto, la mayoría de las cosas son imposibles pero me vale madres, igual es lo que quería hacer contigo.
1. Viajar en globo aerostático. Con comida y todo, sobre campos verdes.
2. Ir al Caribe. Dondequiera que eso se encuentre. Y ya estando allá, ¿por qué no? Subirnos a un buque al estilo García Márquez
3. Inscribirnos en un concurso de cortometraje (ahora sí) y ganar
4. Ir a cenar al restaurante "bésame mucho" (el del director de la escuela de Vato) o al que está por la catedral que es carísimo. Claro, tú de traje, yo de vestido de noche, y bailar danzón o lo que sea que bailen las personas nice en las cenas elegantes.
5. Ir a Zacarías a escuchar a Memo tocar.
6. Tocar juntos en una banda.
7. Claro, si hacemos eso, actuar juntos en una obra.
8. Empaparnos en la lluvia y brincar charcos.
9. Escapar a Pátzcuaro sin avisarle a mi madre.
10. Regresar a Zirahuén.
11. Ver quisiera ser millonario y Voces inocentes
12. Un fin de semana en Atlihuetzia, Tlaxcala
13. Ir al museo de tortura en Halloween. Disfrazados.
Y muchas otras cosas que ahora no me acuerdo pero que conforme las recuerde iré poniendo en este post. ¿Para qué? Sin utilidad específica, o por puro masoquismo tal vez. Lo que sí es que no importa que pase, igual me la pasé de maravilla contigo y siempre estarás en mi corazón (puaj! que tremendamente cursi y cliché sonó eso! Pero soy una chica de clichés, así que whatever)
-----------------Love just is---------------------------
viernes, 13 de agosto de 2010
jueves, 5 de agosto de 2010
Ganas de ti
Hoy traías una playera negra, y encima una camisa de rayitas. Al bajar, cada paso fue amplificado en mis oídos y la brisa de tu aroma impregnó el aire como si hubiera habido una explosión. Te sentaste en el sofá de enfrente y por más que te miraba embelesada, tus ojos se perdieron en algún punto del techo. Durante unos segundos, mientras a lo lejos estaba el murmullo de mi conversación con César y las constantes interrupciones de tu hermano, tuve tiempo de analizar cada rasgo y cada detalle de tu cara.
Tu cabello, alborotado, no muy abundante, en chinos negros que enmarcan tu rostro. Tu piel, de ese color indescriptible "caucásico". Blanco por definición, yo no he encontrado palabras para decirlo. Tus ojos cafés, tremendamente expresivos, de una dulzura radiante y de una severidad inverosímil, que lo mismo pueden provocarme pánico y tensión que ganas irrevocables de lanzarme a tus brazos y pedirte que estés conmigo el resto de la vida.
Por último, tus mejillas. No sé por qué, pero es mi parte favorita. Se colorean con demasiada facilidad, y son tan redondas cuando sonríes. Porque no importa cuán viejo te hagas, o todas las heridas que pudieran desgastarte con el paso de las experiencias, tus mejillas siempre serán las de un niño.
-Es por eso que Darth Vader es el mismo que Anakin...
-¿Qué? ¿De qué hablamos?
Dejé de mirarte como hipnotizada para ver todo el diagrama de Star Wars que César había dibujado en el pizarrón.
-Que Darth Vader es Anakin, eso explica el por qué es el padre de Luke Skywalker...
-Ay César, creo que acabas de spoilearme Star Wars...
Sonreí y seguí bromeando con César y tu pequeño hermano, sólo para observarte de reojo de vez en cuando. Iba a escribir que prometo no mirarte tanto, pero para qué hacer promesas incumplibles.
Tu cabello, alborotado, no muy abundante, en chinos negros que enmarcan tu rostro. Tu piel, de ese color indescriptible "caucásico". Blanco por definición, yo no he encontrado palabras para decirlo. Tus ojos cafés, tremendamente expresivos, de una dulzura radiante y de una severidad inverosímil, que lo mismo pueden provocarme pánico y tensión que ganas irrevocables de lanzarme a tus brazos y pedirte que estés conmigo el resto de la vida.
Por último, tus mejillas. No sé por qué, pero es mi parte favorita. Se colorean con demasiada facilidad, y son tan redondas cuando sonríes. Porque no importa cuán viejo te hagas, o todas las heridas que pudieran desgastarte con el paso de las experiencias, tus mejillas siempre serán las de un niño.
-Es por eso que Darth Vader es el mismo que Anakin...
-¿Qué? ¿De qué hablamos?
Dejé de mirarte como hipnotizada para ver todo el diagrama de Star Wars que César había dibujado en el pizarrón.
-Que Darth Vader es Anakin, eso explica el por qué es el padre de Luke Skywalker...
-Ay César, creo que acabas de spoilearme Star Wars...
Sonreí y seguí bromeando con César y tu pequeño hermano, sólo para observarte de reojo de vez en cuando. Iba a escribir que prometo no mirarte tanto, pero para qué hacer promesas incumplibles.
martes, 8 de junio de 2010
Miedo
Hoy me enteré de cosas. Me enteré de varios de mis compañeros que no van a estudiar lo que habían dicho. Y está bien. Digo, sus razones han de tener y yo no puedo saberlas. Pero me sacó de onda el hecho de que yo siempre los vi como personas que llegarían lejos en lo que se habían propuesto, y no descarto el hecho de que lleguen lejos en la nueva opción, sino que simplemente me causó extrañeza.
De repente me planteé la opción de que hubieran desistido por miedo. "Poco a poco todos se van rajando... y he visto que es cierto" fue lo que me dijo la persona que me platicaba de estos nuevos cambios de opinión de ciertos compañeros. A decir verdad, me dio muchísima tristeza el pensar que el miedo haya podido ser una de sus motivaciones.
En lo personal, el miedo es una emoción con la que convivo diariamente. Para los que no me conocen (Por favor Caty, nadie lee este blog) le tengo miedo a desde tonterías como cruzar la calle hasta ser secuestrada o que mi vida sea un desastre. Suelo ponerme muy nerviosa seguido porque cualquiera de mis temores puede hacerse realidad, pero a decir verdad, hasta ahorita ninguno lo ha hecho. Y bueno, nunca está demás tener precauciones, pero ¿qué pasa cuando el miedo ya no te permite vivir?
Confieso que eso ha estado a punto de sucederme en varias ocasiones. No me maquillo cuando voy de viaje porque si asaltan el autobús no quiero llamar la atención de los delincuentes. No me inscribí a un concurso de piano porque iba contra profesionistas del conservatorio que me harían quedar terriblemente en ridículo. No apliqué para las universidades de mis sueños porque cobraban 100 dólares por aplicar y de cualquier manera era muy difícil que me aceptaran, y aún más que me dieran beca. No digo lo que siento por temor a que me desprecien y mejor no hablar que decir y no ser escuchada. Y casi me voy a medicina.
Psiquiatría, de hecho. Es una muy buena carrera, y me gusta en realidad. Me fascinan los misterios de la mente, me agradaría estudiar más a fondo las enfermedades mentales porque al menos ahora yo las veo como puertas hacia otros mundos. La esquizofrenia por ejemplo, la veo como una ventana hacia otra dimensión, una parte del poder mental que esa persona tiene desarrollada y que por no poder comprenderlo lo tachamos de enfermo mental. Pero no sé prácticamente nada sobre la esquizofrenia y sólo estudiando más a fondo podré afirmar o refutar mis teorías.
El punto aquí es que más allá de mi fascinación por la mente humana, que siempre he tenido y siempre tendré, la razón por la que pensé en psiquiatría fue el miedo. Después de todo, como médico psiquiatra tendría que trabajar en una institución con sueldo fijo. Bueno y seguro. Podría ser que no fuera así, pero bueno, creo al menos que con mi facilidad para las cuestiones académicas podría ser aceptada en una buena escuela y lograr un buen resultado de mis estudios.
Si estudio animación, en cambio, surgen las dudas. ¿Me dejará suficiente para vivir? ¿Conseguiré trabajo fácilmente? ¿Podré sobresalir? El arte no es cuestión de estudiar y matarse. Es ser o no ser. No hay artistas mediocres con sueldos promedios. Si lo haces bien se vende, si no, pues no. Y para alguien así de insegura como lo soy yo, es difícil que cada vez que le digo a la gente qué pienso estudiar escuche comentarios como "Ay mija... ¿Y estás segura que no te mueres de hambre?"
Pero ahora puedo decir que no, no estoy segura, pero si estoy segura de lo que quiero hacer. "Si te vas a arriesgar, arriesgate bien. Porque si lo haces con miedo, entonces ni en una ni en otra vas a hacer nada", me dijo el mismo amigo con el que platicaba. Siempre es más fácil ver las cosas en otros que en ti. Cuando me enteré de lo que les decía al principio de este escrito dije "No que mal. Si Fulanito realmente era bueno en x. Él si la hubiera hecho". Entonces pensé que por qué no podía aplicar eso también a mi. Yo tengo miedo de no ser buena artista. Tengo miedo de que todo salga mal. Tengo miedo de haber tomado una mala decisión. Pero ¡Maldita sea! me encanta el arte y no quiero cargar con "Caty realmente era buena para la animación. Tal vez ella si la hubiera hecho"
Así que estudio animación, y la voy a estudiar bien, dando todo lo mejor de mí. Tal vez no empiece a dejar abiertas todas las puertas de mi casa en la noche, pero es tiempo de ir a donde quiera aunque esté del otro lado de la calle.
De repente me planteé la opción de que hubieran desistido por miedo. "Poco a poco todos se van rajando... y he visto que es cierto" fue lo que me dijo la persona que me platicaba de estos nuevos cambios de opinión de ciertos compañeros. A decir verdad, me dio muchísima tristeza el pensar que el miedo haya podido ser una de sus motivaciones.
En lo personal, el miedo es una emoción con la que convivo diariamente. Para los que no me conocen (Por favor Caty, nadie lee este blog) le tengo miedo a desde tonterías como cruzar la calle hasta ser secuestrada o que mi vida sea un desastre. Suelo ponerme muy nerviosa seguido porque cualquiera de mis temores puede hacerse realidad, pero a decir verdad, hasta ahorita ninguno lo ha hecho. Y bueno, nunca está demás tener precauciones, pero ¿qué pasa cuando el miedo ya no te permite vivir?
Confieso que eso ha estado a punto de sucederme en varias ocasiones. No me maquillo cuando voy de viaje porque si asaltan el autobús no quiero llamar la atención de los delincuentes. No me inscribí a un concurso de piano porque iba contra profesionistas del conservatorio que me harían quedar terriblemente en ridículo. No apliqué para las universidades de mis sueños porque cobraban 100 dólares por aplicar y de cualquier manera era muy difícil que me aceptaran, y aún más que me dieran beca. No digo lo que siento por temor a que me desprecien y mejor no hablar que decir y no ser escuchada. Y casi me voy a medicina.
Psiquiatría, de hecho. Es una muy buena carrera, y me gusta en realidad. Me fascinan los misterios de la mente, me agradaría estudiar más a fondo las enfermedades mentales porque al menos ahora yo las veo como puertas hacia otros mundos. La esquizofrenia por ejemplo, la veo como una ventana hacia otra dimensión, una parte del poder mental que esa persona tiene desarrollada y que por no poder comprenderlo lo tachamos de enfermo mental. Pero no sé prácticamente nada sobre la esquizofrenia y sólo estudiando más a fondo podré afirmar o refutar mis teorías.
El punto aquí es que más allá de mi fascinación por la mente humana, que siempre he tenido y siempre tendré, la razón por la que pensé en psiquiatría fue el miedo. Después de todo, como médico psiquiatra tendría que trabajar en una institución con sueldo fijo. Bueno y seguro. Podría ser que no fuera así, pero bueno, creo al menos que con mi facilidad para las cuestiones académicas podría ser aceptada en una buena escuela y lograr un buen resultado de mis estudios.
Si estudio animación, en cambio, surgen las dudas. ¿Me dejará suficiente para vivir? ¿Conseguiré trabajo fácilmente? ¿Podré sobresalir? El arte no es cuestión de estudiar y matarse. Es ser o no ser. No hay artistas mediocres con sueldos promedios. Si lo haces bien se vende, si no, pues no. Y para alguien así de insegura como lo soy yo, es difícil que cada vez que le digo a la gente qué pienso estudiar escuche comentarios como "Ay mija... ¿Y estás segura que no te mueres de hambre?"
Pero ahora puedo decir que no, no estoy segura, pero si estoy segura de lo que quiero hacer. "Si te vas a arriesgar, arriesgate bien. Porque si lo haces con miedo, entonces ni en una ni en otra vas a hacer nada", me dijo el mismo amigo con el que platicaba. Siempre es más fácil ver las cosas en otros que en ti. Cuando me enteré de lo que les decía al principio de este escrito dije "No que mal. Si Fulanito realmente era bueno en x. Él si la hubiera hecho". Entonces pensé que por qué no podía aplicar eso también a mi. Yo tengo miedo de no ser buena artista. Tengo miedo de que todo salga mal. Tengo miedo de haber tomado una mala decisión. Pero ¡Maldita sea! me encanta el arte y no quiero cargar con "Caty realmente era buena para la animación. Tal vez ella si la hubiera hecho"
Así que estudio animación, y la voy a estudiar bien, dando todo lo mejor de mí. Tal vez no empiece a dejar abiertas todas las puertas de mi casa en la noche, pero es tiempo de ir a donde quiera aunque esté del otro lado de la calle.
martes, 1 de junio de 2010
Bad dreams
Ese viento inexistente que levanta la arena
Trae consigo la cura de mi asfixia
Llena de espejismos el vacío de tu ausencia
Y el dulce amargor de la fantasía
Intento llenar de falsedades mi melancolía
Quiero que me mienta mi vana poesía
Grito y tiro la vida por la borda
Para nunca decir nada
Me pregunto porque escribo
Si nunca me agrada lo escrito
Me pregunto si es por liberarte
O más bien para retenerte en el papel
Tienes unos ojos como no había visto
Son color de fogata calmada
Atraviesan hasta la mirada más profunda
Al tiempo que son como una fuente al medio día
Ese viento inexistente que no es sino artefacto del humano
Fábrica de lágrimas en la virtud
Palabras que han nacido del lago enternecido
Ese viento inexistente que seca el maíz
El perfume y las esmeraldas
Tiene el mismo matiz que la falta de luna en octubre.
------------------Go home darling, to the land of dreams. Only be sure to have your dreamcatcher near------------------------
Trae consigo la cura de mi asfixia
Llena de espejismos el vacío de tu ausencia
Y el dulce amargor de la fantasía
Intento llenar de falsedades mi melancolía
Quiero que me mienta mi vana poesía
Grito y tiro la vida por la borda
Para nunca decir nada
Me pregunto porque escribo
Si nunca me agrada lo escrito
Me pregunto si es por liberarte
O más bien para retenerte en el papel
Tienes unos ojos como no había visto
Son color de fogata calmada
Atraviesan hasta la mirada más profunda
Al tiempo que son como una fuente al medio día
Ese viento inexistente que no es sino artefacto del humano
Fábrica de lágrimas en la virtud
Palabras que han nacido del lago enternecido
Ese viento inexistente que seca el maíz
El perfume y las esmeraldas
Tiene el mismo matiz que la falta de luna en octubre.
------------------Go home darling, to the land of dreams. Only be sure to have your dreamcatcher near------------------------
lunes, 31 de mayo de 2010
Maíz con sal
Amelia
tenía lágrimas de maíz. Así que después de llorar, juntaba todas sus lágrimas
en una olla y preparaba palomitas.
Un día lloró tanto que al
día siguiente abrió en su casa la proyección de una película y vendió las
palomitas. Hizo tantas y fue tanto su éxito que no sólo le alcanzó para pagar
la renta del proyector, sino que además se pudo financiar una semana en el
Caribe.
Pero aquel viaje no hizo
sino enriquecer su nostalgia al recordar promesas del pasado, y la gente se
sorprendía de encontrar granos de maíz rodando por la cubierta. Mientras miraba
al océano en sus tardes de calma, Amelia se perdió en el sol que bajaba por el
horizonte. Decidió entonces que si el amor que ella sentía era tan grande,
debía buscar hasta el infinito la manera de revivirlo. Luego de que pasó la
semana y regresó al pueblo, lo primero que hizo fue tocar a la puerta de Álvaro
Cárdenas.
Sin embargo, contrario a las
escenas de su imaginación, donde él abría la puerta para decirle cuanto había
esperado aquél momento y la tomaba entre sus brazos; Álvaro se sorprendió de
verla y de la forma más educada que pudo, le explicó que no tenía nada que
hacer ahí y volvió a cerrar la puerta. Durante 6 días con sus noches, Amelia
lloró sola en su habitación. Al séptimo día estaba a punto de volver a hacerlo
cuando su familia le dijo que ya todos estaban hartos de comer palomitas, que
luego de tanto les habían creado indigestión. La muchacha, en vez de tomarlo
como un incentivo para olvidar, pensó que el problema eran sus lágrimas
anormales y fue a visitar al médico en busca de una solución.
El médico, que se pavoneaba
con sus diplomas de Francia y Bélgica en materias de medicina, le recetó un
menjunje con sabor a lechuga con naranja. Amelia se lo tomó al pie de la letra,
una taza cada seis horas durante 14 días. Y como si el destino quisiera que
probara la eficacia del remedio, ese día al salir a la calle vio en la plaza a
Álvaro Cárdenas nada más y nada menos que acompañado de Acacia, la que un día
había sido amiga de Amelia. La chica aguantó recta y digna mientras los otros
dos se paseaban por la plaza, absortos en abrazos y cursilerías. Pero al llegar
a su casa, comenzó a llorar esta vez perfume de gardenias. Así que cesó pronto
su llanto y se puso contenta no sólo de que hubiera funcionado, sino de que el
perfume le parecía mejor que los granos de maíz.
Luego de un tiempo, Amelia
había logrado olvidarse por completo del incidente con Álvaro Cárdenas e
incluso lo saludaba con alegría al encontrárselo en el mercado. Sus días
estaban llenos de trabajo en la cocina familiar, de sueños respecto a lo que
esperaba sería su futuro en biología y de lloriqueos de sus hermanos menores.
Pero a medida que pasaba el tiempo, su sensación de soledad iba en aumento y
aunque no lo aceptara, tenía ganas de volver a tener a un hombre a su lado. Y
así, fue una tarde de abril que llegó Javier Villagómez.
Era una tarde difícil. No
cesaba de llover, y la cocina económica estaba llena. Amelia iba de aquí para
allá atendiendo a los clientes, dándoles su pedido, cobrando las cuentas y
limpiando mesas. El más pequeño de sus hermanos lloraba y la jalaba de su falda
pidiendo atención. Su madre, al mismo tiempo, le pedía que la ayudara a meter
la ropa que se estaba mojando. Los clientes alzaban las manos y le hablaban
todos al mismo tiempo. Fue tanto el estrés que Amelia empezó a confundir los
platillos y a darle caldo al que había pedido tampiqueña y la tampiqueña al que
había pedido caldo.
El acabose de la situación
fue cuando un cliente se acercaba para reclamar y sin fijarse, Amelia le tiró
la sopa encima. El señor se enfureció e instantáneamente comenzó a gritar
improperios contra la mesera y el restaurante en general. El padre de Amelia
llegó presto a arreglar la situación y mandó a su hija a descansar, no sin
antes dirigirle una mirada que más que enojo contenía decepción. Sin poder
evitarlo, Amelia se sentó afuera de su casa en la banqueta y comenzó a llorar.
Sin que se diera cuenta, alguien estaba sentado a su lado. Javier Villagómez se
presentó y se disculpó por la actitud de su padre en el restaurante. Comenzó a
aspirar y se preguntó de dónde provenía aquél perfume tan maravilloso.
-Son mis lágrimas- dijo
Amelia- es un mal de nacimiento...
Pero Javier Villagómez no la
dejó explicarse, estaba tan maravillado con aquella joven que en vez de llorar
producía perfume de gardenias que inmediatamente la invitó a salir.
Desde ese día y durante poco
más de un año, Amelia y Javier fueron muy felices juntos. Les gustaba pasear
por la plaza, ir a las funciones de cine y escuchar los conciertos del domingo.
Pero ocurrió que luego de
acabarse la cartelera, ir a conciertos todos los domingos y pasear por la plaza
hasta conocer cada detalle de la cantera con que estaba construida, la rutina
empezó a hacer su aparición en la relación. Amelia empezó a notar que Javier
estaba cada vez más distante y que ya no le decía que la quería con la misma
frecuencia. Y peor aún, ella empezó a notarse a sí misma aburrida y con ganas
de novedad. Un domingo, después de regresar del concierto de las 6, sintió
ganas incontenibles de besar a un desconocido.
El mesero sin nombre de la
boda de su prima segunda sirvió perfectamente para tal propósito al siguiente
día. Después de un rato de jugar a las miradas, él se metió en la cocina para
servir más café, y cerciorándose de que nadie le prestaba atención, Amelia
entró tras él y tomando su cara desprevenida entre las manos, besó
apasionadamente al muchacho. Durante un rato, siguieron en aquél idilio sin
palabras hasta que el sonido de un globo al tronarse interrumpió el
ensimismamiento de Amelia, que sólo estaba imaginando cosas sentada a la mesa
con sus familiares.
-¡Oh pero qué ternura!-
exclamó Hortensia- tan enamorada estás de Javier que te quedas ida pensando en
él
Amelia bajó la mirada con un
soplo de culpa. Como siempre, las voces de su conciencia estaban gritándose las
unas a las otras sin conseguir llegar a un acuerdo. Terminó pensando en el
mesero. Lo volteó a ver con lo que ella creía una mirada discreta y casual,
pero se sorprendió no sólo al ver que se había dado cuenta, sino que le
contestaba con una sonrisa. Volvió a bajar la mirada e incluso abrió el libro
que llevaba para evitar seguir pensando. El ambiente era en general bullicioso,
todos bailaban al son de las cumbias y parecían divertirse como adolescentes.
Amelia, que realmente era una adolescente, era la única que se quedó en su
lugar toda la tarde, si no leyendo, pensando, o la segunda mientras fingía la
primera.
-¿Quieres refresco? ¿O un
café? ¿O te apetece más decirme tu nombre?
La voz de aquél desconocido
hizo que sintiera un escalofrío en la columna. Era exactamente lo que había
estado esperando. Su voz era aguda, seguramente molesta después de oírla por
largo rato. Al tenerlo de cerca pudo analizar sus facciones corrientes, el
cabello engomado, la piel oscura como la tierra. Nada que lo distinguiera del
montón y fue exactamente eso lo que le agradaba a la chica. Negó con la cabeza
y le sonrió de nuevo. El mesero, poniendo en peligro la propiedad, se acercó
para decirle su nombre.
-Si no quieres decirme quién
eres, te diré que yo me llamo...
-No, no quiero saber tu
nombre- Fue todo lo que dijo Amelia y todo lo que conversaron ese día
Al salir de la boda sin
mayores sucesos que la monumental caída de la prima Norberta mientras bailaba
la quebradita, Amelia volvió a hundir su cabeza en el libro. Su estupefacción
fue grande al descubrir una nota con un número de 10 dígitos. "Para que me
llames, o me mandes un mensaje si prefieres" decía. Amelia miró la nota largo
rato, pensando en lo incorrecto de la situación. Tenía ganas incontrolables de
llamar a Javier, para besarlo y guardarle el sentimiento tan intenso que no
tenía para ningún otro. Tenía también ganas incontrolables de llamar al mesero
sin nombre, para besarlo y no guardarle sentimiento alguno.
A la semana siguiente,
Amelia se sentía tan culpable de siquiera haber pensado en alguien más que
intentó revivir su relación con Javier. Le propuso que salieran a bailar el
viernes por la noche, le tejió una bufanda e incluso le cantó una canción. Pero
se dio cuenta de que Javier respondía a todo esto con la misma frialdad con que
lo hubiera hecho a una clase de matemáticas.
Ese domingo, mientras
esperaba la llegada de su novio para ir al concierto habitual, Amelia pensó en
el mesero. Pensó en quemar la nota para no saber su número y así evitarse
tentaciones. Pero una hora después de pensar, se dio cuenta de que seguía
esperando y Javier no llegaba. Era la primera vez que no iban al concierto del
domingo, y era la primera vez también que la dejaban plantada. Sin pensárselo
dos veces tomó el teléfono y una voz aguda y corriente le correspondió del otro
lado.
El mesero se llamaba
Dionisio Vázquez. Amelia accedió a verlo la semana siguiente, más por despecho
que por ganas. Pero luego de tomar café y pasear un poco por el bosque, se dio
cuenta de que le agradaba su compañía.
Luego de dos salidas, Amelia
entró en conciencia de que lo que hacía estaba mal. Analizó las cosas
cuidadosamente. El cariño que le había tomado a Dionisio Vázquez no era ni de
cerca el que sentía por Javier Villagómez. Sin embargo, le agradaba salir con
Dionisio y que la hiciera sentir querida. Pensó y pensó en que debía decidirse
por alguno de los dos. Pero esa decisión se fue alargando y alargando al punto
en que cuando se dio cuenta, llevaba ya más de tres meses engañándolos a ambos.
Así que tomó la
determinación necesaria y decidió que era mejor quedarse con Javier, pues al
fin y al cabo habían pasado muchas cosas juntos, que no valía la pena perder
por un amor pasajero. Ese día, había quedado de salir con Dionisio Vázquez al
bosque, y en medio de los árboles, Amelia le confesó la existencia de alguien
más. Dionisio la abrazó y dejó que llorara en su hombro. Le dijo que la
entendía, pero que no esperara volverlo a ver jamás porque realmente había
lastimado su corazón. Amelia se sintió culpable, pero aliviada de haber
terminado con aquella situación al fin.
Sin embargo, esa noche
Dionisio Vázquez fue a la cantina del pueblo a beber a la salud de Amelia. En
la barra se encontró con alguien llamado Javier Villagómez, que estaba ahí por
mera casualidad. A falta de alguien más, Dionisio le contó de como una mujer
acababa de abandonarlo por alguien más. Javier reconoció el perfume de
gardenias en su ropa e hilando los hechos, se dio cuenta de que había sido
engañado.
Al día siguiente, Javier
Villagómez terminó con Amelia. Ella intentó pedirle perdón e impedir su
partida, pero sus lágrimas no hicieron sino confirmar el dolor de Javier
Villagómez. Desconsolada, Amelia lloró toda la tarde provocando en su casa un
ambiente soporífero a causa del exceso de perfume. Una vez más, Amelia maldijo
su condición y le echó la culpa a sus lágrimas de haber arruinado su felicidad.
Así que una vez más fue a visitar a aquel médico francés, quien le dio a beber
una poción esta vez con sabor a pimienta y chicharrón.
Aunque le costó más trabajo,
Amelia se tomó la medicina sin falta cada 16 horas durante 25 días. Al final,
fue una caída la que le hizo darse cuenta de que había funcionado y ya no era
perfume de gardenias sino esmeraldas lo que salía de sus ojos en lugar de lágrimas.
Por fin, luego de superar sus decepciones amorosas, Amelia juró un 14 de enero
no volverse a enamorar en su vida. Pero más pronto cae un hablador que un cojo,
cuando Carlos Escobar llegó a su vida.
Era un muchacho un tanto
presumido, había crecido en una familia de alcurnia. Su familia había perdido
todo su dinero en un negocio fallido, pero él seguía acostumbrado a gastar
demasiado. Eso sí, era tan guapo que no había muchacha que se resistiera. Esto
último incluyó a Amelia.
Empezaron a salir a principios
de marzo, y si bien no era la persona más interesante sobre el planeta, Amelia
sentía latir su corazón frenéticamente cada vez que lo veía. Pero ocurre que
con el paso del tiempo, otra muchacha pasó a los ojos de Carlos y éste se
decidió por dejar a Amelia. Estaban ambos sentados en el café cuando él le
confesó la razón de su encuentro, y al sentir su corazón romperse, Amelia cerró
los ojos y empezó a llorar esmeraldas. Carlos Escobar la miró asombrado y
volteó hacia todos lados para asegurarse de que nadie más se había dado cuenta
de lo que estaba pasando. Abrazó a su novia y la sacó de la tienda para hablar
mejor.
Luego de hacerle muchas
preguntas, Amelia le explicó lo del mal genético que por alguna extraña razón
hacía que sus lágrimas fueran esmeraldas. Carlos la miró con fascinación y no
sólo le pidió perdón por haber tratado de dejarla, sino que en ese momento le
propuso matrimonio.
Así que apenas dos semanas
después se celebró la boda con todas las tradiciones del pueblo y Amelia lloró
un par de esmeraldas de felicidad, mismas que su esposo recogió en una bolsa de
celofán sin perder el tiempo.
La luna de miel fue al norte
del país puesto que Amelia se rehusó a que fuera en el Caribe, y al cabo de
unas semanas la esposa era tan feliz que no hubiera podido verse persona más
alegre en el planeta. Sin embargo, Carlos se veía cada día más nervioso. Le
compraba a su esposa películas de drama, la ponía a picar cebolla y le llevaba
comida muy picosa para comer. Pero al no lograr que llorara, un día le pidió
directamente que lo hiciera.
-No seas tonto- dijo Amelia
riéndose- no puedo llorar a voluntad...
De pronto, Amelia vio como
la furia crecía en la cara de Carlos Escobar y retrocedió con miedo. Carlos
empezó a gritarle como nunca nadie lo había hecho, y Amelia se quedó
petrificada en la esquina de la habitación. Entonces comenzó a llorar. Estaba
tan asustada, tan triste e indignada que llenó un par de costales de
esmeraldas.
Apenas un par de semanas
después, Carlos abrió la "Joyería Escobar" en el centro de la ciudad.
Personas de todo el mundo
venían a comprar sus exclusivas esmeraldas, y pronto el negocio creció tanto
que hubo que abrir sucursales no sólo en el pueblo sino en todo el país. Cuando
la joyería hubo prosperado, Carlos abrió otros negocios como una cadena de
comida rápida, una marca de ropa, venta de automóviles y una empresa de
telefonía celular. Al cabo de unos años el matrimonio Escobar pudo comprarse
una mansión a la orilla del mar, ropa de marca, coches exclusivos y todo lo
material que uno pueda soñar. Estaban tan bien económicamente que Carlos
desistió de maltratar a su esposa para obtener esmeraldas y hasta empezó a
tratarla bien en un intento algo patético de agradecerle su fortuna.
Sin embargo, Amelia lo tomó
como un renacimiento del amor. Creyó que el cambio de actitud de Carlos se
debía a un re-enamoramiento más que a una reacción de auto-redención. Así que
se arregló más que de costumbre y lo esperó en el comedor, vestida de rojo y
con la mesa alumbrada con velas. Al llegar, su esposo se asombró de lo que
veía. Ella lo abrazó y empezó a hablarle de amor, de cómo a pesar de los años
el suyo seguía intacto y le contó todos los planes a futuro que tenía, los
cuáles incluían claro está, el envejecer juntos.
Carlos Escobar se puso pálido
al escuchar la palabra envejecer, y más aún al pensar en envejecer al lado de
Amelia. Se retiró de entre sus brazos y le explicó, no de la manera más
cuidadosa, que el único amor que había habido era el de Carlos por las
esmeraldas. Amelia se quedó helada al escuchar la verdad que ya sabía y sintió
como las piedrecitas verdes se acumulaban en sus lagrimales. Pero se aguantó
con tal de no darle más piedras preciosas a su marido y salió corriendo de la
casa maldiciendo su vida, su ingenuidad y sobre todo maldiciendo sus lágrimas.
Era ya muy noche cuando tocó a la puerta del médico francés, sólo para que le
abriera una muchacha en bata y le informara que hacía ya un par de años que el
médico había muerto. Desesperada, entró por la fuerza en lo que algún día había
sido el consultorio del médico y comenzó a tomarse cuanta pastilla encontraba a
su paso, regando esmeraldas por el piso y por el escritorio. Finalmente, una de
las píldoras detuvo las esmeraldas y una gota de agua salada resbaló por sus
mejillas llegando hasta su boca. Al final de todo había logrado tener lágrimas
normales. Pero el sabor a sal se le hizo tan nauseabundo que Amelia cesó de
llorar, desde ese día para siempre.
martes, 18 de mayo de 2010
No... pero espera! sí
No puedo siquiera escribirte.
Es el colapso de las fuerzas contrarias. Siempre gana una, en tu caso, son igual de fuertes.
Es el colapso de las fuerzas contrarias. Siempre gana una, en tu caso, son igual de fuertes.
lunes, 26 de abril de 2010
Una última postdata
Supongo que nunca sabrás el daño que causaste, vivirás siempre en la ignoracia. Bien dice Oscar Wilde que la superficialidad es el mayor defecto de la humanidad, y tú ciertamente la emanas a cada paso que das. Ahora miras el mundo por encima de tus ojos, escudriñas cada falta de mi ser con repugnancia. ¿Te imaginas que en mi alma hay más luz y pureza de la que jamás podrás oir hablar?
Por ti pude olvidar de dónde había venido y hacia dónde iba. Sólo existía el presente, tu costado, mi realidad. Me alegro de pensar que al menos pude ser por un momento mártir. Porque se diga lo que se diga, ser mártir es algo que las personas disfrutan. Es el consuelo, no por ello menos válido, más insignificante y ridículo que existe. El conocimiento de la sinceridad de mis sentimientos me hace parecer la buena de la historia, comparada contigo.
Pues si bien no intento compararme con aquél que es maestro, con aquél que merece los elogios y lisonjas de eruditos; me atrevo a afirmar que pareciera que sus libros fueron todos escritos de mí para ti.
No podría reclamar la pérdida de mi esencia artística. Si bien tu partida ha traído con ella caída irremediable, bloqueo musical absoluto; debo confesar que ese tiempo contigo me hizo escribir como nunca antes lo había hecho. Uno a uno manaron de la tinta la música y la poesía, la prosa y el arte gráfico. Uno a uno, eran todos destinados a tu persona, centrando mis creaciones en tan espantosa obra de la naturaleza.
Y todas tenían el fin único de agradarte. Algunas ni siquiera vieron salir la luz, a pesar de no ser para nada despreciables, simplemente por el temor de colmarte de miel al punto de provocar tu huída. Y huiste de cualquier manera. No pude evitar que te fueras por más que eliminé todas las razones. Y la razón por la que te fuiste fue la más sencilla y la única que era inevitable: ausencia de sentimientos.
Tengo consideración de que es imposible que conozcas las dimensiones del abismo por el que me hiciste caer. No espero que hayas derramado ni una sola lágrima, mientras que yo pude haber llenado el océano índico. Tampoco quiero que entiendas cómo me sentí, porque para entenderlo tendrías que vivirlo, y a pesar de todo no te deseo una cicatriz en el corazón.
Puedo decir que ello no es tu culpa. Uno no gobierna sobre el alma, sino que es el alma la que maneja todas nuestras acciones y pensamientos. Pero lo que hiciste a continuación de tu partida no tiene palabras para ser expresado. Fue el momento cúspide de mi derrota, y fue también lo que demostró tu superficialidad.
No puedo despojarte de tus cualidades porque estaría mientiendo. Tienes todos los recursos para llegar lejos e incluso para dejar una huella en el pensamiento colectivo. Pero ello no borrará jamás tu falta de bondad y honestidad. Ello no cambiará los hechos, ni te hará menos superficial. Espero que algún día te mires y comprendas que hay cosas más allá de lo que ves. Espero que llegues a darte cuenta antes, o que más da si después, pero que vislumbres que el alma, y con ella sus fragilidades, es la que nos hace humanos.
Pasaste por encima de mi espíritu y del polvo que hiciste de mis sentimientos. Burlaste mis palabras cultistas que buscaban confesar un amor puro e incondicional. Y a pesar de lo que mis imaginaciones puedan sugerir, aquellas que te pintan sufriendo en las llamas de la hoguera y que debo aceptar que me deleita, mi deber es otorgarte el perdón como lo daría a cualquiera que me lo pidiese, lo callase o me lo negase.
Toma por olvidado todo cuanto me causaste, pero espero que al salir por esa puerta, al finalizar la ceremonia, no vuelva yo a saber nada de ti.
-----------------------Y ahora con todo el debido respeto, te invito a que concurras a infortunar a tu progenitora--------------------------------------------------------------------------------
Por ti pude olvidar de dónde había venido y hacia dónde iba. Sólo existía el presente, tu costado, mi realidad. Me alegro de pensar que al menos pude ser por un momento mártir. Porque se diga lo que se diga, ser mártir es algo que las personas disfrutan. Es el consuelo, no por ello menos válido, más insignificante y ridículo que existe. El conocimiento de la sinceridad de mis sentimientos me hace parecer la buena de la historia, comparada contigo.
Pues si bien no intento compararme con aquél que es maestro, con aquél que merece los elogios y lisonjas de eruditos; me atrevo a afirmar que pareciera que sus libros fueron todos escritos de mí para ti.
No podría reclamar la pérdida de mi esencia artística. Si bien tu partida ha traído con ella caída irremediable, bloqueo musical absoluto; debo confesar que ese tiempo contigo me hizo escribir como nunca antes lo había hecho. Uno a uno manaron de la tinta la música y la poesía, la prosa y el arte gráfico. Uno a uno, eran todos destinados a tu persona, centrando mis creaciones en tan espantosa obra de la naturaleza.
Y todas tenían el fin único de agradarte. Algunas ni siquiera vieron salir la luz, a pesar de no ser para nada despreciables, simplemente por el temor de colmarte de miel al punto de provocar tu huída. Y huiste de cualquier manera. No pude evitar que te fueras por más que eliminé todas las razones. Y la razón por la que te fuiste fue la más sencilla y la única que era inevitable: ausencia de sentimientos.
Tengo consideración de que es imposible que conozcas las dimensiones del abismo por el que me hiciste caer. No espero que hayas derramado ni una sola lágrima, mientras que yo pude haber llenado el océano índico. Tampoco quiero que entiendas cómo me sentí, porque para entenderlo tendrías que vivirlo, y a pesar de todo no te deseo una cicatriz en el corazón.
Puedo decir que ello no es tu culpa. Uno no gobierna sobre el alma, sino que es el alma la que maneja todas nuestras acciones y pensamientos. Pero lo que hiciste a continuación de tu partida no tiene palabras para ser expresado. Fue el momento cúspide de mi derrota, y fue también lo que demostró tu superficialidad.
No puedo despojarte de tus cualidades porque estaría mientiendo. Tienes todos los recursos para llegar lejos e incluso para dejar una huella en el pensamiento colectivo. Pero ello no borrará jamás tu falta de bondad y honestidad. Ello no cambiará los hechos, ni te hará menos superficial. Espero que algún día te mires y comprendas que hay cosas más allá de lo que ves. Espero que llegues a darte cuenta antes, o que más da si después, pero que vislumbres que el alma, y con ella sus fragilidades, es la que nos hace humanos.
Pasaste por encima de mi espíritu y del polvo que hiciste de mis sentimientos. Burlaste mis palabras cultistas que buscaban confesar un amor puro e incondicional. Y a pesar de lo que mis imaginaciones puedan sugerir, aquellas que te pintan sufriendo en las llamas de la hoguera y que debo aceptar que me deleita, mi deber es otorgarte el perdón como lo daría a cualquiera que me lo pidiese, lo callase o me lo negase.
Toma por olvidado todo cuanto me causaste, pero espero que al salir por esa puerta, al finalizar la ceremonia, no vuelva yo a saber nada de ti.
-----------------------Y ahora con todo el debido respeto, te invito a que concurras a infortunar a tu progenitora--------------------------------------------------------------------------------
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